Capítulo I
Emblethis
El asalto goblin
Salí de la taberna, dispuesto a ver qué me ofrecía la ciudad. Nada más salir escuché a la muchedumbre hablando de combates en la plaza de la catedral. Me fundí con ellos, y corrí hacia allí para ver qué estaba ocurriendo.
Llegué en seguida. La ciudad era más pequeña que el barrio donde había vivido los últimos años. Allí vi unos pocos cadáveres de criaturas y unas cuantas personas armadas. Algunos eran varisios, una de ellas parecía shoanti, y al último no lo pude identificar, aunque algo en su forma de vestir me recordaba al bastardo de mi padre. Todo el mundo lo señalaba como héroes, por lo que fue fácil deducir que habían sido ellos los que acabaron con las criaturas.
De pronto volví a oír a la gente murmurar. Parece que en la puerta de la ciudad había más combates. Movido por mi natural curiosidad, me dirigí allí.
Cuando llegué descubrí a varias de esas criaturas, una de ellas montada en una especie de rata gigante. La criatura que iba montada en la rata estaba enfrentándose a un perro de mediano tamaño y porte noble, y las demás estaban alrededor. Asustadas o expectates, no pude saberlo. Un poco más lejos, en la puerta de la ciudad, habían guerreros luchando con ferocidad. Aquel combate era demasiado salvaje, preferí no inmiscuirme.
Detrás de la criatura montada, y oculto en unos barriles, había un hombre. De lejos parecía noble, y estaba asustado. Rodeé el edificio, llegué a él, y le dije que huyese por donde yo había venido. Por desgracia aquel ser montado me vio, y me atacó, pero su flecha se clavó en los barriles en los que se ocultaba aquel noble. Pensaba que tendría que enfrentarme a esa criatura, pero su montura avanzó hacia el frente, dirigiéndose a un lugar por el que habían aparecido unas personas con las armas enarboladas. Eso me dio tiempo para maniobrar.
Corrí hacia atrás, para ver si el noble había huido. Estaba allí, acurrucado en una esquina temblando. Me dijo que pertenecía a la familia Dedalera y que si le protegía me cubriría de oro. De oro... el oro era fácil de conseguir, si se sabía buscar. Le dije con tono duro que qué hacía allí, y me dijo que estábamos rodeados. Según lo que había percibido en mi camino no era así, si embargo rompí una ventana y le ayudé a trepar. Le ordené que estuviese en silencio y, antes de entrar del todo, le dije que me recordase. Me debía un favor al haberle salvado la vida.
Después me dirigí hacia la plaza. Algo me impulsó a combatir con aquellas criaturas. Corrí hacia la cobertura más próxima. Pude ver a los mismos aventureros de la plaza, parece que tenían dificultades en tumbar a aquellas bestias.
De pronto vi pasar al ser montado por delante mía. Cogí mi daga y se la lancé, pero erré el golpe. La criatura siguió corriendo erráticamente mientras los guerreros intentaban acosarla. Saqué mi estoque y me dirigí a ella. Mientras, el más grande de todos ellos se acercó con la espada alzada. Detrás de él pude ver que habían acabado con el resto de sus enemigos.
La criatura montada, al verlo llegar, lanzó su arco al suelo y agarró una lanza rudimentaria. Se abalanzó contra el guerrero y se la clavó, dejándolo sangrando en el suelo, inconsciente. La criatura gritó de placer.
Los demás se acercaron. La guerrera tribal le lanzó flechas, y la criatura cayó al suelo. Ya sólo quedaba su montura. Rápidamente llegó una de las varisias y acabó con ella. No tuve que hacer nada al final, la suerte había estado de mi lado, como en otras ocasiones.
Los héroes de la plaza de la catedral se acercaron entre sí, y la varisia entonó una plegaria, que hizo que se sanasen levemente las heridas del caído. En seguida, alguien pidió ayuda en lo alto de la muralla, para acabar con las criaturas que huían. Tanto el guerrero como la mujer tribal fueron a ayudar, y los varisios se quedaron en la plaza.
Mientras se iban vi al varisio hurgando entre los despojos del goblin. Sacó una nota de él, pero poco más. Los vi desesperados, parece que no tenían nada para subsistir. Y él iba desarmado... busqué mi daga y se la ofrecí. Además les ofrecí dinero. Los varisios debemos ayudarnos entre nosotros. La crueldad de la vida, y de los otros, es nuestra amiga, y sin nuestra compasión mutua no seríamos más que cadáveres que esperan a pudrirse. Pero no aceptaron mi ayuda... A veces la fortuna te encuentra, pero prefieres mirar hacia otro lado.
El resto de los héroes tardó poco en llegar. Belor Cicuta les dio las gracias, y se despidió con rapidez. No pude tratarlo demasiado, pero a pesar de parecer sólo un matón debía tener algo en la cabeza, para haber rechazado tan rápidamente la incursión.
Me dejé llevar por la situación. Siempre es bueno socializar, nunca se sabe cuándo se pueden encontrar nuevos socios. Les comenté que les invitaría en alguna tabernucha. Casi no hube terminado de hablar cuando el guerrero empezó a gritar que sí. Los demás nos siguieron.
Entramos en una taberna cercana, situada en la plaza donde había ocurrido todo. Poco habíamos andado cando aquel noble nos abordó y, estúpidamente, nos agradeció todo lo que habíamos hecho por él. Me tendió una mano llena de anillos con incrustaciones, y comentó que aquellos seres habían asesinado a un perro de 300 oros.
De pronto se dirigió a todos, y nos dijo que nos invitaría a comer y beber en su taberna por los favores prestados. Y el guerrero volvió a decir que ese podía ser el momento. Acto seguido nos dirigimos a su taberna, que resultó ser El Dragón Oxidado. No había pasado ni un día en el pueblo, pero ya había escuchado hablar de aquella taberna.
Llegamos pronto, y el noble dio la orden de que no nos faltase nada aquella noche. Después se dirigió a atender a sus otros perros.
Hablaron poco, la varisia empezó a tocar un instrumento interesante y extraño, y la dueña de la taberna se emocionó y empezó a tocar también. Dijo directamente que había tenido una buena educación. Es decir, era una joven de buena familia. Además decía que había sido aventurera. Nos cantó una canción acerca de una de sus hazañas, y nos dijo que se dedicaba a eso, a recopilar hazañas de otros héroes y a componer temas. Nos dejó que nos quedásemos allí a dormir, aunque yo rechacé porque pretendía ir a buscar a los míos. La mediana parecía molesta con Ameiko, la dueña de la taberna, por invitar a todo el mundo.
Descubrí una niña que me miraba, tuve una charla interesante con ella. Le di una moneda oro. Quizá fue demasiado, pero se parecía tanto a mi hermana cuando tuvimos que huir del bastardo de nuestro padre…
Pasado un rato, en el que disfruté una gran comida y vino excelente. Me despedí, salí de la taberna y me dirigí a buscar a los míos.
Vagué buscando cobijo. Al encontrarme solo decidí volver al Dragón Oxidado. Fui bien recibido, de hecho me volvieron a ofrecer una habitación. Yo quise pagarla, pero no me dejaron… Incluso ofrecí pagársela a la mediana sin que se enterase Ameiko, pero rechazó.
Seguí bebiendo. Ya se habían ido todos, y me quedé con la dueña. Estuvimos hablando… su conversación fue muy esclarecedora. Hablamos de un hombre que se había ido airado tras hacer ella algún comentario. Entre otras cosas me contó que había perdido a su hija a manos de un asesino conocido de la zona. También me contó que su padre era un noble, ella era una niña rica a la que le gustaba bastante la bebida y la aventura. De pronto vomitó encima mía. Pude apartarme a tiempo, pero aquello dio la conversación por terminada. Parece que no iba a sacarle más información, pues se quedó dormida encima de la mesa. Fui a mi habitación. Creo que me dormí en seguida… El día había sido muy largo.
A la mañana siguiente bajé a desayunar. Allí estaban la mujer tribal y el guerrero de la cicatriz. Este empezó a hacerme algunas preguntas acerca de mi pasado. Les dije que era comerciante, aunque creo que no me creyeron. No se por qué recelaban tanto de mi. De lo que me conocían sólo sabían que había salvado a algunos civiles (a uno de ellos lo habían conocido de hecho), que no era buen combatiente y que era reservado. Quizá fuese por ser varisio…
Nos reunimos todos allí. Y allí mismo nos abordó el Belor Cicuta. Nos comentó que estaban cortos de personal, y que había una misión que hacer. Nos trajo al sacerdote o capellán y al enterrador, que nos contó una historia extraña acerca de ruidos y cosas del estilo en el cementerio. Parece ser que aceptamos, nos dirigimos allí.
Mientras la elfa buscaba rastros yo di una vuelta por un mausoleo. Después entré, y vi cuatro esqueletos que, sorprendentemente, me descubrieron...



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.